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Historia de Lozoya

INFORMACIÓN SOBRE LA HISTORIA DEL MUNICIPIO DE LOZOYA




De los orígenes a la Edad Media


Las primeras noticias que tenemos de este término se circunscriben al ámbito medieval. Estas aluden a un poblado -Santiago- actualmente abandonado y al pueblo de Lozoya, del que no se sabe con exactitud su origen y que aparece como asentamiento ya constituido en el siglo XII. Se debió fundar por los cristianos cuando los musulmanes, vencidos y fugitivos, se retiraban al sur de España, aunque hay indicios más que razonables de que existan asentamientos anteriores, dado que las actuales investigaciones en términos vecinos del valle han proporcionado yacimientos prehistóricos de interés.

 

La repoblación de Lozoya está muy unida a los acontecimientos del valle. Los caudillos segovianos D. Díaz Sanz y D. Fernán García de Carrión crearon una milicia, «Los Quiñones», para defender Segovia de las incursiones de los musulmanes refugiados en esta zona. Una vez expulsados éstos, hacia 1302 se repobló el valle con ganaderos segovianos, llegando la ocupación hasta los campos del Jarama y del Tajuña. Esta repoblación es llevada a cabo por el concejo de la ciudad de Segovia que inicia su acción sobre el valle del Lozoya a raíz de unas ordenanzas en las que se concedían egidos, dehesas boyales, etc., a los pobladores del valle, dividiéndose éste en cuatro cuadrillas, la de Rascafría, la de Oteruelo, la de Alameda y la de Pinilla; se obliga a los nuevos habitantes, «caballeros, dueñas, escuderos y doncellas que adquiriesen sus tierras, a establecerse en ellas, a fabricar una casa y a tener caballo propio, que valiera 200 maravedíes». Poco después se creó el sexmo de Lozoya en el que, además de los cuatro pueblos mencionados en las cuadrillas, se incluían los de Lozoya, Canencia, Bustarviejo y Navalafuente. Dicho sexmo siguió integrado en la provincia de Segovia hasta el siglo XIX.

 


Aunque algunas fuentes atribuyen a Lozoya ser señorío de la Infanta Isabel; no se tiene constancia probada de ello; en cambio, sí se tiene constancia del afincamiento en Lozoya de una noble familia que mantenía muy buenas relaciones con la Casa Real Trastámara por su apoyo a Enrique II. Son los descendientes de D. Diego López Pacheco, cuyo nieto, Juan Pacheco, Maestre de Santiago y valido de Enrique IV, nace ya en Lozoya en 1419. Es en una finca de esta familia, situada en el lugar llamado «Soto de Santiago», en el que había una ermita en honor de la Virgen de la Vega. Estas tierras están actualmente anegadas por las aguas del embalse de Pinilla y la ermita que se encontraba en ellas desapareció en la época de la guerra civil.


De esta época pocas son las obras arquitectónicas que aún quedan en pie; tenemos constancia de un puente hoy llamado puente del Congosto o de la Horcajada, situado aproximadamente a 1 Km de la villa hacia el sur, que sirvió de paso del Lozoya en uno de los lugares más escarpados de su curso fluvial. Este puente, datado por unos en época romana y para otros en época medieval, se encuentra referenciado en el libro de la Montería de Alfonso XI, al describir las monterías de la Cabeza de los Bustares y de la Garganta, y se puede ver reflejado en el mapa de Coello de 1853 siguiendo la margen derecha del Lozoya hasta Buitrago.

 



La principal fuente de subsistencia de los vecinos, entonces al igual que en todo el Valle, es la ganadería (no olvidemos que el Concejo de Segovia, además de su importancia militar, gozaba de un gran auge comercial lanero fruto de su nueva cabaña ovina); y aunque, en menor medida, ya que sólo daba para la subsistencia familiar, se dependía de la agricultura.



 

El núcleo urbano debió de originarse en las proximidades de la actual plaza del Marqués de Lozoya, zona en donde se aprecian las construcciones de mayor antigüedad del municipio, aunque hoy día se muestran muy transformadas, conservándose sólo una vivienda prácticamente en su estado original. Se trata de una edificación de reducidas dimensiones y situada entre medianerías, con dos plantas y profundo soportal apoyado en 3 pilastras de reducida altura; sus paramentos aparecen encalados y su cubierta es de teja curva.


Siglos XVI, XVII y XVIII


Son también pocos los datos que tenemos del siglo XVI debido fundamentalmente a que las «Relaciones de Felipe II» no han sido localizadas. La villa, que en esta época tenía una gran vinculación con la ciudad de Segovia, no se ve perturbada por ningún acontecimiento importante.


Es en estos años cuando algunas familias de ganaderos, fabricantes de paños y mercaderes de lana se afincan en el valle, siendo la familia «Montalvo» una de las ubicadas en el pueblo de Lozoya y a la que se cree con bastante certeza que Carlos V dio el Señorío de la Villa, heredado a comienzos del siglo XVII por Don Juan Sebastián Suárez de la Concha y Montalvo, rico mercader segoviano, emparentado con grandes familias de Florencia.


Sabemos de la existencia, en el siglo XVI y aún en épocas anteriores, de caminos que comunicaban el valle del Lozoya con la actual provincia de Segovia. Uno de ellos partía de El Paular, pasando por el pueblo de Lozoya y subiendo hacia el Puerto de Navafría para finalizar en Pedraza, provincia de Segovia; éste se utilizaba ya en la Edad Media y está citado en la Montería de Alfonso XI con un nombre diferente, el de «Puerto de Zepa».


El siglo XVII se ve marcado por las tensas relaciones de los vecinos con su señor. Tenemos constancia de un pleito interpuesto en la Cancillería de Valladolid por aquellos contra Sebastián Suárez de la Concha, en donde además se pone en duda la hidalguía de éste. El pleito, que fue largo y enconadísimo, se libró a favor del hidalgo el 2 de julio de 1624, siendo por estas fechas cuando éste mandó encargar «la más suntuosa ejecutoria […] recargada de miniaturas heráldicas o devotas, en una de las cuales se representa la torre solariega de Llosalvado». Estas malas relaciones no concluyeron hasta mediados del siglo XVII, con Doña Antonia, hija del segundo señor de Lozoya, D. Antonio Suárez de la Concha y Barros, que fue asesinado en 1647 por sus vasallos.


A la muerte de la citada Doña Antonia, en 1674, le sucedió en el señorío su hijo Don Luis de Contreras Girón, Caballero de la Orden de Calatrava, en cuya época, por merced de Carlos II, se transforma el señorío en marquesado.


En estos siglos el caserío que suponemos se habría extendido hacia la iglesia de San Salvador, único edificio singular del XVI que ha llegado hasta nuestros días, si bien profundamente transformado. Ya a finales de la centuria hacia 1590, se levanta la construcción conocida como Antiguo Convento, si bien la edificación actual data de fines del XVIII, conservándose solamente del palacio original una portada renacentista.


El Ayuntamiento, edificado un siglo después, es posterior a la institución del marquesado de los Contreras, pudiendo verse en la portada, flanqueando el balcón principal dos escudos con las armas de este linaje, unidas a las de los Suárez de la Concha. Es también en esta década cuando, tal vez por amenazar ruina, se refuerza el ábside de la iglesia con robustos arbotantes.


En el siglo XVIII las noticias que se tienen del término se deben fundamentalmente al Catastro del Marqués de la Ensenada, 1752, y a las Descripciones del Cardenal Lorenzana, éstas de finales de siglo, ya que data de la década de los ochenta.


Según el Catastro del Marqués de la Ensenada, Lozoya contaba con una población de 96 vecinos, repartidos en 109 casas de humilde construcción; treinta años después, y según la Descripción de Lorenzana, aquella ascendía a 130.


La mayoría de estas gentes se dedicaban a la ganadería, sobre todo lanar, predominante todavía en la época. Los esquileos se hacían en la planta baja de la casa consistorial, realizándose dos al año, el primero con 4.500 cabezas y el segundo con 5.000, todas ellas de Doña Melchora Quirós, vecina de Torrelaguna.


Igualmente vivían de la agricultura, habiendo tierras para los cultivos de regadío y secano, así como pequeñas huertas, donde se sembraban hortalizas para el consumo familiar; también se cultivaban árboles frutales, como guindos, manzanos, perales, ciruelos, etc..


La actividad industrial era escasa si exceptuamos el tratamiento del lino, que cada vecino recogía sólo para transformarlo en lienzo y con el cual cubrían sus necesidades, y 55 colmenas, con una rentabilidad de 7 reales. Había asimismo un molino harinero sobre el río Lozoya donde iban a moler únicamente los vecinos de la villa, así como un pozo de nieve.


Respecto al comercio, cabe citar una taberna, una abacería y una carnicería; también contaban con un hospital de transeúntes y un maestro de primeras letras.


En cuanto al caserío, no experimenta grandes transformaciones en este período, si bien a finales del XVIII, comienzan a aparecer algunos espacios de clara ascendencia urbana, como es el caso de la Plaza de la Fuente, hoy Marqués de Lozoya, en cuyo centro se emplaza una fuente-abrevadero fechada en 1698.


En las afueras se encuentra la ermita de la Fuensanta, construida en el siglo XVIII y reconstruida después de la Guerra Civil por la Dirección General de Regiones Devastadas; se emplaza en un lugar accidentado y muy agradable, donde los vecinos acuden en romería todos los años. 


Siglo XIX y XX


Durante el siglo XIX, la población de Lozoya experimenta un ligero aumento basado exclusivamente en el crecimiento vegetativo. El número de vecinos existente en 1827 era de 91; a mediados de siglo, según Madoz pasa a ser una población de 130 y, a finales, cuando Marín Pérez publica su libro, su población alcanzaba los 162 vecinos.


Las actividades continúan siendo las tradicionales, es decir, la agricultura y sobre todo la ganadería, fundamentalmente la lanar, que contaba a fines de siglo con 2.680 cabezas, seguida de la vacuna con 708. También existía cierta actividad industrial, consistente en la elaboración de pan y fabricación de vino, aceite, quesos y otros productos locales. El comercio era escaso, basado exclusivamente en la venta de lana, leche y carnes y en la compra a otros municipios de telas, licores, jabones y algunos géneros necesarios en el pueblo.


Se surtían los vecinos de agua potable en varias fuentes situadas en el término, fuera del núcleo urbano, dado que las más cercanas al pueblo estaban secas. Madoz habla de «una fuente de piedra pero sin agua»; suponemos que se trata de la que está en la Plaza del Marqués de Lozoya en la que figura la fecha de 1791.


Respecto al núcleo de población, a mediados del siglo XIX estaba formado por 130 casas, entre las que se encontraba el Ayuntamiento, una posada, una cárcel y una escuela de primeras letras común para ambos sexos, ubicada, al igual que la cárcel, en el edificio del Ayuntamiento.


A finales de la centuria el núcleo urbano había experimentado una ligera variación; contaba con 28 edificios de una planta, 108 de dos y 8 de tres, distribuidos en dos plazas y en varias calles.


El caserío presentaba gran homogeneidad, manteniendo las tipologías rurales tradicionales y destacando algunas viviendas situadas cerca del Ayuntamiento. En estos años la Iglesia de San Salvador tuvo que cerrarse por su estado ruinoso, celebrándose los oficios religiosos, mientras se restauraba, en la capilla de lo que fue antiguo convento y anteriormente casa solariega de la familia Suárez de la Concha.


En cuanto a la planimetría de la época, las hojas kilométricas de 1878, elaboradas por la Junta General de Estadística de mano de Gregorio González y Sánchez, muestran un núcleo de población típico de los pueblos ganaderos, con un casco urbano muy concentrado, de desarrollo un tanto anárquico y sin ajustarse a un viario previo; presenta manzanas no colmatadas, en las que se entremezcla la edificación con los patios y huertos, y en las que, al acercarse a la periferia, las construcciones van perdiendo importancia hasta quedar reducidas a alguna edificación aislada. También pueden apreciarse los distintos grados de evolución del núcleo, apareciendo una parte completamente construida en la zona oeste, comprendida entre las plazas de la Constitución y de la Iglesia, y otra zona hacia el este en donde se conserva la estructura original; ambos sectores se enlazan mediante una calle principal que conduce a la plaza del Marqués de Lozoya, desde donde parten varias calles que configuran espacios de evidente vocación urbana.


Con respecto a las edificaciones situadas en su término, se citan ahora dos molinos harineros, el primero ubicado en el cauce del río Lozoya, cerca del puente medieval, y el otro en el arroyo de la Fuensanta; ambos actualmente aparecen muy transformados, quedando tan sólo restos de su caz. Seguían en pie la ermita de la Fuensanta, en el camino al puerto de Navafría. Además de ésta, continuaba existiendo la otra ermita, la de la Virgen de la Vega. También hay que mencionar el pequeño cementerio local situado en las afueras del núcleo.


En el primer tercio del siglo XX el municipio no experimenta grandes cambios y su población sigue en aumento con pequeños altibajos hasta 1950. Así, si en el primer censo moderno de 1847 teníamos una población de 570 habitantes, que pasa en 1900 a 622 y en 1930 a 619.

 


 

La desamortización municipal llevada a cabo en el siglo XIX, hizo peligrar la subsistencia de la villa; para evitarlo, por una parte el concejo, y por otra los propios vecinos, intentaron salvar y rescatar lo que pudieron, adquieriendo las propiedades que se ponían a la venta y tratando de preservar así los pastos, condición indispensable para la alimentación de los ganados, una de las primeras actividades económicas del municipio. 
A este respecto cabe señalar la importancia de la ganadería antes de la guerra civil, encontrándonos con propietarios con más de 30 reses, en su mayoría vacas de cría que pasaban más de seis meses en los montes y que bajaban a los prados del valle en invierno, recogiéndose por las noches en los pajares. Posteriormente, con la aparición de las centrales lecheras, los ganaderos se orientaron hacia la cría de vacas suizas. De este periodo de gran actividad ganadera queda constancia en los pajares ubicados alrededor del casco, 74 en total, con dimensiones de 6 a 8 m de ancho por 10 a 15 de largo.

 


La producción agrícola en estos años es reducida, recogiéndose una pequeña cantidad de trigo y cebada y realizándose las labores de trilla y recolección en las eras situadas en la periferia del pueblo.


Es durante este período cuando empiezan a aparecer las villas de recreo, algunas de las cuales perduran todavía en el casco, situadas unas en la carretera de la Fuensanta y otra en la calle Juan Martín, en el interior mismo del núcleo.


La tranquilidad reinante en Lozoya se vio perturbada por la guerra civil. El municipio hubo de ser evacuado por los intensos bombardeos y sus habitantes tuvieron que ser acogidos en los pueblos vecinos, hasta el final de la contienda. A consecuencia de estos acontecimientos Lozoya queda destruida en más de un 75%, siendo la zona noroeste la más afectada como se aprecia en el plano levantado en 1940 por Regiones Devastadas, realizado por D. Manuel Moreno Lacasa y del cual desgraciadamente sólo se conserva una parte en el Archivo de la Administración de Alcalá de Henares. Esto motivó el que la Dirección General de Regiones Devastadas tomara a Lozoya como pueblo adoptado, elaborando como primer paso para su reconstrucción un anteproyecto, seguido de un proyecto de ordenación del núcleo urbano, ambos en 1940 y a cargo del arquitecto anteriormente mencionado.


Con esta actuación se procura realizar el menor número de expropiaciones, interviniendo sobre zonas edificadas y restaurando en lo posible edificios y pajares.


El proyecto contemplaba un núcleo central enmarcado entre la plaza de la Iglesia y el Ayuntamiento. Las calles primitivas se conservaban, aunque mejorándolas y rectificándolas, al mismo tiempo que se abrían nuevas calles casi siempre al mediodía. En el linde con la carretera de Navafría se proyectó un paseo con una amplia calzada y árboles orientados hacia el suroeste. Al sur se proyectaba una zona de ensanche del pueblo con vistas a convertirlo en posible colonia de veraneo, ya que se preveía la terminación del ferrocarril Madrid-Burgos, con estación en Gargantilla a 6 Km. de Lozoya. En la periferia, en la zona noroeste, cerca del cementerio se planteaba la construcción de 24 pajares.


Por lo que hace a la parte central del casco, encontramos que se proyectaba modificar y ampliar la plaza en la que se encuentra el Ayuntamiento, creándose un gran recinto rodeado de soportales que servirían de lugar de reunión del vecindario. En la parte posterior de aquel edificio se pretendía la realización, no llevada a cabo, de un bloque de viviendas con café y tiendas.


En el sector de la Iglesia Parroquial también se contemplan diferentes actuaciones: entre ellas la construcción de un bloque de varias viviendas, situadas frente al templo; una nueva casa consistorial frente al ábside y un bloque de viviendas con soportales cerrando el espacio. Estas dos últimas actuaciones tampoco se llegaron a realizar.


En el borde del casco por su zona noroeste, comienza a edificarse el cuartel de la Guardia Civil, del cual sólo se llegaron a construir los cimientos, ya que se varió su emplazamiento en «virtud de órdenes de la superioridad», siendo utilizados los mismos para edificar un bloque de ocho viviendas. El cuartel fue finalmente levantado en la zona sur, al otro lado del río, en el cruce de las carreteras de Rascafría y Navafría, conservándose en su estado original hasta hace pocos años, ya que actualmente aparece muy transformado.


También diseminadas por el casco se proyectaron 66 viviendas para jornaleros.


Entre los edificios reconstruidos por la Dirección General de Regiones Devastadas se encuentra el grupo escolar, edificado en los primeros años del siglo XX, y gravemente dañado durante la Guerra Civil. Las obras se finalizaron en 1950. Se trata de un inmueble de pequeñas dimensiones, de planta en "U", realizado con muros de carga enfoscados, salvo en las esquinas y comisas que aparece el ladrillo visto, presentando como elemento de mayor irregularidad, la comisa de ladrillo a sardinel.


Este proyecto de ordenación no llegó a cumplirse en su totalidad, realizándose muchas modificaciones tanto de planeamiento como de ubicación de edificios. Así podemos afirmar con seguridad que se restauraron la Iglesia Parroquial, el Ayuntamiento y las Escuelas, pero no se llegaron a ejecutar nunca las viviendas proyectadas en la plaza del Ayuntamiento, ni las situadas en las traseras, permaneciendo esta manzana con la misma configuración que antes de la Guerra Civil; prácticamente lo mismo sucede en el sector de la Iglesia, ya que sólo se llevaron a cabo las viviendas ubicadas frente a aquélla.



Es a finales de los años cincuenta cuando empiezan a producirse cambios en la estructura poblacional de Lozoya. En el año 1959 había 653 habitantes, fecha a partir de la cual comienza a disminuir su número. Paralelamente al descenso vecindario tiene lugar un aumento del estacional que, de forma estimativa, se considera igual a la población residente. Esto conduce a un cambio en la actividad económica de los habitantes, despareciendo casi por completo la ganadería y la agricultura, que son sustituidas por el comercio y el sector servicios.



El núcleo de población, en relación a años anteriores, no conlleva grandes transformaciones, siendo la trama urbana más desarrollada la ocupada por la zona oeste del casco; hacia el este se agrupan los corrales, conservando la estructura primitiva. Además empieza a surgir en estos años, concretamente en 1954, la Colonia de la Fuensanta; su construcción se hizo sobre terrenos municipales segregados del monte de utilidad pública denominado Peña Hueca. Es a su vez en este momento cuando se proyectó, por necesidades hidrológicas, el embalse de Pinilla, construido por el Canal de Isabel II, con lo que parte del término queda anegado por las aguas.


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